Thursday, July 13, 2017

SEMBRANDO SEMILLAS (parte 3)

Años atrás, en ocasiones distintas, conocí a dos líderes garífunas. A veces me parece que todavía no logro entender la profundidad de las conversaciones que tuvimos.

La primera se dio mientra estudiaba arquitectura en la capital. Como proyecto grupal en la clase de diseño, el catedrático nos había asignado rediseñar el parque central de Tegucigalpa. La etapa de investigación inicial requería que entrevistásemos a todos los grupos que podrían tener alguna inherencia en el diseño final - desde la asociación de lustrabotas hasta las oficinas de gobierno. Entre las tareas que nos distribuimos, a mí me correspondería entrevistar al presidente de la Organización de Desarrollo Étnico Comunitario (ODECO), Céleo Álvarez Casildo. Tan fácil fue la entrevista, y tan casual la conversación, que no me daba cuenta de cuán influyente era este hombre en su medio. Lo que claramente recuerdo es su lamento de que el garífuna había dejado de manufacturar, para dedicarse a vender achinerías. Su comprensión de lo que constituye una cultura era mucho más amplia y profunda que la mía.

Casi una década más tarde, MUNA sirvió de anfitrión para el seminario de sanidad interior que una iglesia americana trajo para pastores y líderes del norte de Honduras. Yo trabajaba en el departamento de Comunicaciones en esos días, y me tocó traducir el material de enseñanza, del inglés al español. Varios de los participantes eran garífunas, provenientes de Tela, La Ceiba, y los alrededores. El más anciano de ellos resultó ser un maestro que, junto con otros, estaba traduciendo la Biblia al garífuna. Ya tenían el Nuevo Testamento traducido e impreso, y estaban avanzando con el Antiguo. Hasta la fecha, es el único traductor bíblico que he conocido.

Estos dos hombres amban a su pueblo. Pero representan dos maneras muy diferentes de manifestar ese amor. El primero quería preservar las raíces de su cultura. El segundo prefería ofrecerlas a los pies de Cristo. No me corresponde a mí juzgar quién - si alguno - estaba en lo correcto. Pero quizás haya otra manera de entenderlo.

Después de cenar en Sangrelaya, entramos al templo, donde el culto ya había avanzado: oración, alabanza, ofrenda. El edificio era un simple rectángulo con paredes de madera, forradas sólo por fuera. El techo de lámina de zinc era soportado por tijeras simples de madera. No había cielo falso. Unos pocos focos colgaban de las tijeras, su potencial de iluminación restringido por la capacidad de la planta eléctrica. El auditorio estaba amueblado con toda suerte de bancas y sillas, ocupadas casi en pleno por los visitantes de comunidades cercanas que habían venido para el seminario, además de los fieles locales. Alguien nos abrió paso, habilitando lugares donde nos sentáramos a escuchar lo que restaba del mensaje.

Los músicos tomaron su lugar en el escenario mientras el predicador cerraba con una oración. Tras darnos formalmente la bienvenida, los hermanos comenzaron a entonar cantos al Señor. Ahora, cuando la iglesia garífuna canta, lo hace con el abandono de un coro pre-escolar. Es un canto que a veces parece grito, a veces arrullo. Pero todos, desde el más pequeño hasta el más grande, elevan su voz. Y todos, desde el más pequeño hasta el más grande, bailan. Con su leve vaivén de las caderas y de los hombros, hacen que parezca fácil. Pero es algo que los ladinos con dos pies derechos no podemos emular. Como testigo de la alabanza de aquella iglesia, tengo que admitir que era completamente cristiana, y a la vez completamente garífuna.

El resto de nuestra estadía en Sangrelaya fue igualmente emocionante, y una bendición de principio a fin - tanto para nosotros los misioneros, como para los hermanos garífunas. Desde ese viaje, quedamos conectados. En los años siguientes, nosotros haríamos más misiones a Sangrelaya, y ellos vendrían a participar en nuestros eventos especiales. (A veces, Pastor Timoteo traería hasta una docena de hermanos, amontonados en la paila del pick-up de Erasmo.)

Fue en una de tales visitas que Pastor Timoteo me preguntó si podía ayudarle a su equipo de alabanza a grabar su CD. Ya habían grabado un primer CD, pero él no había quedado muy complacido, pues el productor había hecho algo muy moderno, según su propio estilo, y no según el sonido propio de los hermanos garífuna. Cuando le presenté la opción de que Manuel se lo produjera, lo hice sin garantías o compromisos de mi parte. Después de todo, Manuel realmente había hecho sentir su estilo propio cuando nos produjo Jesucristo Es Rey.

Entonces comencé a notar algo más. Para Despega y La Era de Ornán, Manuel se había rehusado a co-producir canciones con el resto del equipo de producción. Había tomado unas cuantas canciones y las había producido de principio a fin. Al final, pues, no sonaban a Honda & Piedra, sino a Manuel Martínez. Y cualquiera que escuchara objetivamente tendría que aceptar que resaltaban con una mejor calidad de sonido. En breve, Manuel se estaba profesionalizando.

Esto vino de la mano con oportunidades de trabajar por pago, y Manuel las tomó. En muchos sentidos, era algo bueno. Pero como su pastor, me preocupaba. Nuestras conversaciones evidenciaban que él no estaba conforme con el nivel técnico de sus compañeros de ministerio de alabanza. Después de todo, él se esforzaba tanto. Y entendí por qué Manuel le había dado tantas largas a producir el CD basado en el Cantar de los Cantares.

En mi deseo de presentarle a Manuel una nota de cautela, escribí el guión para un cortometraje que él produciría para nuestra cena de fin de año. Esta cena es una ocasión especial en la cual aprovechamos a explorar nuevos talentos para el deleite de toda la familia IPV. El guión estaba basado en la historia de Sansón - el juez de Israel con fuerza sobrehumana que acaba arruinado cuando menosprecia el hecho de que su fuerza viene del Señor. En nuestra versión moderna, Sansón es un muchacho cristiano con enorme potencial musical que, seducido por Dalila y el prospecto de protagonismo, acaba tocando en un estanco.

Manuel produjo el cortometraje. Lo dirigió. Lo protagonizó. Lo editó. Lo musicalizó. Quedó todo muy bien hecho. Sin duda, todo lo que aprendió le sirvió después, cuando dejó el ministerio de alabanza y tomó algunos trabajos produciendo para el reality show de un canal de televisión nacional.

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